León, Gto. - Historia de la Ciudad - 2 de Enero de 1946

2 de enero de 1946
2 de enero de 1946

Foto: Lic. Carlos A. Navarro

Reseña de la matanza ocurrida en la Plaza Principal

Extracto del Cuaderno de Comunicación No. 2, emitido por el H. Ayuntamiento de León en Enero de 1998; Recopilación y redacción original: Lic. Alfredo Anda Páez.

Introducción

Un claro y vivo ejemplo de lo que la ciudadanía puede lograr con su participación se relaciona con todas las acciones que se dieron en torno a la cruel matanza del 2 de Enero de 1946.

Fuera de este monstruoso asesinato, como lo calificó la sociedad en su tiempo, se dieron hechos previos y posteriores que son una verdadera lección cívica y política. Hubo entonces, entre los leoneses la firme decisión de participar en acciones cargadas con un alto valor cívico, en una civilizada lucha por la democracia y por la libertad.

Hemos tomado la decisión de que León sea la primera ciudad del país que se lance a la lucha por la libertad municipal, se dijo entonces, y esto bastaría para comprender cabalmente el compromiso asumido por los leoneses entonces, pero se pueden encontrar muchas expresiones más que transparentar el espíritu que los movió: El municipio libre es piedra angular de todo sistema decente de organización política, dijeron. Y también esto: Violar la libertad municipal es violar los derechos fundamentales del hombre.

Nunca la sangre de los mártires se ha regado en vano. Tarde o temprano surgen los correspondientes frutos por los que se da la vida y no dudamos que hoy, entre los leoneses renace con nuevos bríos, con renovada fuerza vital la democracia participativa que incide en las acciones de gobierno para la realización del bien común, para todos.

2 de enero de 1946

Las puertas del Palacio Municipal se cerraron violentamente y en forma simultánea se oyó una fuerte detonación como cohetazo. Segundos después una lluvia de máuser que continuó con el tableteo ensordecedor de las ametralladoras, vómito enloquecedor que parte del Palacio y su azotea.

La multitud inerme huye despavorida; pánico, confusión, tropezones. Trata la gente precipitadamente de escudarse con las bancas de fierro, con los árboles, el kiosco; gritos de pánico, de indignación impotente; mujeres enloquecidas, ayes de dolor, estertores de agonía. Luego, trozos de silencio aterrador interrumpido por el rastrear de hombres, mujeres y niños quejumbrosos; gritos aislados, murmullos temerosos de los agazapados.

La gente, asustada, corría atropelladamente rumbo al Santuario, los soldados los seguían y les disparaban inmisericordes.

Hombres valientes, mujeres desesperadas, acuden a auxiliar a los caídos: levantan heridos y ayudan a bien morir a los agonizantes; se oye el musitar trémulo, emocionado: "Padre nuestro que estás en el cielo..."

Fue el noble y valeroso pueblo de León, que como una sola alma se había decidido, a fines de 1945, a despertar de su postración cívico política al pueblo de Guanajuato y a todo México, el que era masacrado, la noche del 2 de Enero de 1946 por las fuerzas federales, porque tuvo la osadía de rebelarse ante otro fraude electoral y de indignarse ante la imposición que el Gobernador había hecho de un presidente municipal que los ciudadanos no habían elegido.

Se abren las puertas del recinto oficial, salen dos piquetes de soldados que se disponen en abanico. Escupen fuego de nuevo los máuser y las ametralladoras. A una voz se voltean hacia Palacio y sobre él hacen una descarga para continuar después rematando heridos, ahuyentando a los valientes que han entrado a auxiliar a sus hermanos caídos. No se detienen ni ante la Cruz Roja, y cae un camillero.

León era una ciudad de más de 100 mil habitantes, puntualísimos pagadores de impuestos, que no tenían agua potable, ni alcantarillas, ni pisos en las calles, ni buen alumbrado, ni policía eficaz, ni hospitales bastantes, ni escuelas, ni otros servicios públicos indispensables.

La ciudad estaba sufriendo graves molestias con motivo de la iniciación de algunas obras públicas, las cuales se habían contratado sin que los vecinos hubiesen tenido la oportunidad de saber con qué empresas y en cuánto. Sabíase que los contratos eran onerosísimos de modo que la población iba a pagar por las obras mucho más de lo que realmente valían, o lo que es lo mismo: parte del dinero se emplearía en las obras, y parte en enriquecer a los que habían intervenido en su contrato.

Un grupo de ciudadanos de clase media solía reunirse por las noches en la Plaza para platicar. Entre otras cosas, los absorbía la cuestión social, económica y política del municipio.

Al considerar estos hechos, surgieron las siguientes cuestiones: a cambio de cubrir impuestos y soportar cargas, ¿tenemos algunos derechos?; ¿podemos pretender que las personas que van a manejar nuestros intereses merezcan la confianza pública?, ¿debe reconocérsenos la facultad de intervenir en las designaciones de esas personas?, ¿es justo que exijamos que se nos diga cómo y en qué se gastan nuestro dinero?, o ¿hemos de resignarnos a ser una dócil, sumisa comunidad esquilmable?

En realidad, el problema planteado era el de la dignidad de la persona cívica y su derecho fundamental, o sea, el de escoger libremente a los hombres que han de dirigir a los demás. La conclusión no podía ser otra que ésta: ese derecho existe, y es necesario rescatarlo. Su falta de ejercicio equivalía al abandono de uno de estos privilegios que, en un sentido, hacen más dura la vida y traen trabajo y sufrimiento, pero que corresponden a la humana dignidad... Nació así el propósito de elevar al pueblo a un rango de decoro cívico.

En coches, en ambulancias, cargados, como es posible se van llevando al hospital, casas, o consultorios médicos, a los heridos, agonizantes y muertos. El ulular incesante de la Cruz Roja es la voz aterradora y constante de toda la noche. Los médicos, las enfermeras, los camilleros, numerosos espontáneos humanitarios trabajan incansablemente para salvar a los heridos. Imposible atender a todos.

La lluviosa noche del 6 de julio, 38 personas tomaron el acuerdo de constituir la Unión Cívica Leonesa, movidos exclusivamente por el afán de trabajar "Por un León mejor". La directiva la integraron Ricardo Hernández Sorcini, agente de una compañía de seguros, como presidente; Jesús Garibay, funcionario del Sindicato Ferrocarrilero, como secretario, y el industrial Florencio Quiroz como tesorero.

Nuestro programa es sencillo: Queremos hacer un ciudadano de cada habitante de León, aspiramos a mover el espíritu del pueblo convenciendo a todos: al empresario, al abogado, al médico, al artesano, al obrero, al labrador, de que tienen deberes hacia la comunidad en que viven. Nuestra ambición es agrupar en la UCL al mayor número de ciudadanos, constituyendo una poderosa fuerza de opinión para transformar nuestra vida política, haciéndola digna y limpia.

Nosotros vimos esos coágulos de sangre, nos horrorizamos al ver cómo los árboles de la plaza de la Constitución tienen manchas de sangre; cómo las ramas estaban atravesadas por las balas, como atestiguando que se hizo una cacería.

El pueblo estaba positivamente indignado, pero guardaba una actitud que nos pareció insólita por prudente y de esperanza en la justicia. Nos dieron sus versiones que ya son conocidas; de cómo sin mediar preocupación fueron ametrallados por las fuerzas federales apostadas desde balcones y azoteas de Palacio Municipal y cómo después se organizó una cacería por las calles céntricas de la ciudad.

Cayeron los leoneses víctimas de un atentado incalificable y sin precedentes en nuestras luchas actuales, por conquistar la limpieza en los procedimientos electorales. Pero después entrevistamos a los centros oficiales y las versiones que escuchamos fueron muy otras, el pueblo había atacado, sin armas, a las fuerzas federales. El ataque consistía únicamente en su presencia en la Plaza y en gritos contra las autoridades espurias y hasta faltando al respeto a las fuerzas del instituto armado. Pero todo eran palabras solamente, vimos a las autoridades verdaderamente asustadas por la magnitud de los sucesos y las repercusiones dramáticas que estaba teniendo. (Navarijo Guajardo, Jesús. Novedades 3-ene/1946).

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